Estado de shock


Tras una dura semana, en lo profesional y en lo sentimental, llegas con tu chica a McDonalds, dispuesto a malgastar unos eurillos y despejarte a la manera capitalista. Te sientas en una de esas mesas ultramodernas del mediático local y empiezas a curiosear las bandejas ajenas. Durante tu tarea de voyeur descubres que un señor sin suerte se ha adentrado en el recinto. Te está mirando, a ti y a tu chica. Por su boca negruzca se adivinan apenas una decena de dientes. Va a hablar: “Dadme un eurillo para poder comer”. Dadme un eurillo para poder comer, menos de diez palabras casi susurradas que dejan en estado de shock a dos personas.

¿Qué vais a hacer?. Tú guardas silencio mientras tu cabeza está a punto de estallar. La primera reacción es dudar de la sinceridad de ese señor, que tiene pinta de todo menos de querer comer. El poder irracional de los prejuicios. Pero si no le das nada, ¿Con qué estómago vas a ingerir tu  nauseabundo festín?. Además, tú y tu chica nos sois personas insolidarias, o al menos eso creéis.

En este lapso de apenas veinte segundo os da vergüenza sentarlo en la mesa y compartir bandeja, pues esta vida no te prepara para momentos así. De momento sólo guardas silencio. Tus ideales colisionan unos con otros en tu mente. No saben qué es lo correcto. Si le das un euro parecerá que aportas limosna, un acto de caridad, movido por la aflicción. En frío no defenderías esta opción, pero lo cierto es que este sentimiento de culpa y misericordia es el que te invade ahora y te mantiene inmóvil.

Estás en McDonalds y todo el peso del capitalismo occidental cae sobre ti en este momento. Tú y tu chica estáis participando de esta gran farsa. El inofensivo señor sigue mirándote y aunque apenas han pasado unos segundos, comienza a perder la esperanza. Nada de lo que hagas será justo. Vuestros importantes problemas comienzan a perder sentido ante esta inesperada encrucijada. Estás pasando un mal rato, reconócelo. Cada día piensas en personas como ésta y das un golpe de rabia en la mesa. Pero amigo, ahora la tienes ahí, sin que lo esperes, como llega la pobreza. Y tienes que actuar.

La situación concluye con el marginado señor euro en mano. Compra su hamburguesa. Vuelve y te atiza el golpe final: da las gracias, de corazón.

Silencio.

Miras tu rebosante bandeja de comida importada y no queda más salida que poner buena cara y hacer como que nada ha ocurrido. Pero sabes, sabéis, que os han dejado K.O, os habéis percatado de que sois dos más de las millones de ratas que hacen de este mundo un lugar irrespirable.

Pasan las horas y los días, y sólo queda flagelar tu orgullo dando testimonio de este acto cobarde. De aquel momento en el que un señor del segundo mundo te dejó en estado de shock. A ti y a tu chica.

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Acerca de Angel Espínola

Periodista y Community Manager. 25 años. Con un Master de Escritura Creativa. Interesado en #Cultura, #Carnaval, #Política, #Deportes, #Literatura, #Salud, #Comunicación, #Marketing. Vivo online. @angelyespinola
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2 respuestas a Estado de shock

  1. A mí siempre me da cosa dar dinero por eso de no fiarme del para qué lo quieran y creo que a la gran mayoría de personas les pasa lo mismo. No es que no lo quieran dar, pero no se fían. Pero a mi novio le pasó algo parecido. Un hombre le pidió dinero y como él iba a Burger King le dijo que prefería comprarle algo allí y el hombre aceptó y le compro la comida.

  2. juafonso dijo:

    Yo tampoco sé lo que hacer… normalmente paso un rato pensando y ofrezco mi propia comida cuando la tengo. Después paso otro rato pensando pq no la aceptan…!

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