Apología de las redes sociales


Un poco harto de las acusaciones de deshumanización, aislamiento y pérdida de la intimidad que acechan sobre las redes sociales, me dispongo a defender, más allá de su aspecto económico, las bondades de estas redes telemáticas que hoy día copan la mayor parte de nuestras agendas.

Está claro y es demostrable el uso nocivo de las redes sociales. Pero, aunque suene a tópico, todo depende del uso. En cuántas ocasiones se ha usado la muleta de apoyo, instrumento sumamente útil e integrador para los enfermos, como arma para destrozar la vida de los demás. Es la persona, no la herramienta, la que tiene efectos negativos sobre nuestra sociedad.

En las redes sociales he encontrado a personas que sienten y piensan como uno mismo. He encontrado comunidades que me han impulsado incluso a poner el pie en la calle con el puño en alto. Las redes sociales me han brindado el amor, y las conversaciones más profundas y duraderas de toda mi vida. Por las redes sociales me han dicho cosas que jamás me hubieran comunicado a la cara, en esta sociedad tan falta de amor.

Me han permitido también organizar clases o eventos con una facilidad y un debate que sería imposible en una reunión grupal. Y me han informado de aspectos muy importantes en mi día a día, incluso en mi vida, de los que no me habría enterado de otra manera (noticias, ofertas de empleo, fallecimientos, citas, etc).

Las personas pueden fallarte. Las redes sociales no. Me han brindado calor humano en noches de dolor, de soledad o en mañanas de desesperanza. Siempre hay alguien para darle a me gusta o retuitear aquel pensamiento que creías que a nadie iba a interesar y que sólo tú compartías. Personas a las que nunca estrecharé la mano me han ofrecido sentimientos, ayuda y compañía. No sé el nombre de mi vecino, pero jamás mantendré con él las experiencias que he mantenido con personas de otras ciudades con las que comparto una afición.

Y es que el mundo virtual es a veces más reconfortante que el real. ¿Qué importa si se cumple la predicción, y todos acabamos mirando a una pantalla durante toda nuestra existencia?. ¿Qué importará si esa existencia es tan feliz y productiva como lo es ahora?. Andar con la cabeza gacha mirando iconos sonrientes u homínidos gesticulantes es a veces más sano que andar mirando las tristes caras, egocéntricas, desconfiadas, alejadas, aburridas, de esta sociedad que nos rodea.

Por su puesto que, todo ello, nos puede conducir también a derroteros de oscuridad e infelicidad. Pero no toda la falta de colectividad y solidaridad de esta sociedad puede recaer en las “modernidades”.

Y no me importa si tras escribir esto me acusan de procapitalista, autista, asocial, hipócrita, demagogo, etc. Porque estoy casi seguro de que, si lo hacen, lo harán a través de una red social.

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Acerca de Angel Espínola

Periodista y Community Manager. 25 años. Con un Master de Escritura Creativa. Interesado en #Cultura, #Carnaval, #Política, #Deportes, #Literatura, #Salud, #Comunicación, #Marketing. Vivo online. @angelyespinola
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