Bibliómanos


Sabe que pronto, acaso en un par de semanas, dará con sus huesos en la cárcel. Pero ama las historias, y está dispuesto a continuar con su negocio. Como cada mañana, Vitorio acude al mercado para abrir su tenderete. La decoración del inmueble es exigua, apenas una muñeca de porcelana rota y una inservible máquina de escribir Remington.

El elemento estrella, en cambio, es el polvo. Mucho polvo, que se confunde a menudo con su canosa barba de hombre sabio. Las partículas de polvo, que aguardan aires de otro tiempo, ayudan a dar a sus libros la apariencia que vienen buscando los clientes. La tienda de libros viejos de Vitorio es conocida en todo el barrio.

Hasta allí se desplazan casi a diario Antonio Machado, Alejo Carpentier, José de Espronceda y otros humildes gladiadores de la cultura escrita. Con la mirada gastada de leer tantos libros, Vitorio, Don Vito como le llaman los poetas, le da a cada uno su dosis correspondiente. Raciones diarias de la droga más perseguida del siglo veintiuno.

“Buero Vallejo, a ti te toca hoy El Concierto de San Ovidio. ¿Qué estás tramando Saramago?. Sé que ya quieres leer Ensayo sobre la Ceguera, pero aún vas por El Evangelio según Jesuscristo. Ten paciencia”. Con esta determinación, sin ningún tipo de clandestinidad, Don Vito va repartiendo libros gratuitos a cada uno de los indigentes que lo necesiten. Un negocio peligroso.

Pero, como Don Vito ya preveía, el pasado miércoles la bibliómana a la que está convirtiendo en Emilia Pardo Bazán le trajo noticias de que la Policía vendría pronto a arrestarlo. Estaba regalando libros a personas pobres que no tenían más que hacer en la vida que leer. Una ilegalidad absoluta, pues Don Vito no exigía a sus librodependientes ninguno de los dieciséis impuestos con los que el nuevo Gobierno había gravado la venta de libros.

Y es que Don Vito, el viejo traficante de libros, ha leído demasiadas historias y poesías. Como todo el mundo, sabe que existe una sociedad mejor, en la que la riqueza se calcule en función de la sabiduría. Sólo que él, dada la pluralidad de sus lecturas, desea alcanzarla, la necesita, ya sea en vida o tras su muerte. Don Vito está seguro de que sus limosneros, que ya no tienen más alimento en la vida que la lectura, serán capaces de conseguirlo a través de las historias y las palabras.

“Tenéis que leer más a prisa, porque pronto dejaré de suministrar material. Tenéis que ser como los escritores, saber lo que saben ellos, actuar con la contundencia conque hacían ellos. Esto es un negocio, yo he cumplido mi parte y ahora os toca a ustedes. ¿Os enteráis?. Haced que el sabio sea rico y el ignorante pobre”, le explica Don Vito a Eusebio y Manuel, los dos mendigos que han acudido hoy hasta su tienda y a los que pretende inculcar el espíritu de Buero Vallejo y Saramago.

No tuvo que esperar más de dos semanas Don Vito para que viniesen a cerrar su librería de viejo y a apresarle junto a sus historias, por traficar gratuitamente con libros y por fomentar la rebelión de los desdichados.

Afortunadamente la Policía llegó tarde. Como en aquella película de Truffaut, casi todos los mendigos de la ciudad eran ahora Azorines, Ayalas, Cernudas, Vernes y Kafkas. Cada uno de estos bibliómanos conocía la obra del escritor que Don Vito les había asignado. Su obra y su vida. Estaban embriagados con el mismo ímpetu que un día les llevó a cambiar el mundo.

Con su exiguo tenderete Vitorio, el traficante de libros, había reavivado el poder de la literatura.

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Acerca de Angel Espínola

Periodista y Community Manager. 25 años. Con un Master de Escritura Creativa. Interesado en #Cultura, #Carnaval, #Política, #Deportes, #Literatura, #Salud, #Comunicación, #Marketing. Vivo online. @angelyespinola
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