A Rajoy lo avalan once millones de personas


No olvidemos esta cifra, porque es éste y no otro el principal problema de España.

El presidente del Gobierno, Mariano Rajoy, cumple un año en el trono tras haberlo hecho todo, no solo mal, sino peligrosamente confiado. El pasado 20-N el gallego logró tal apoyo poblacional (186 escaños) que ahora tiene impunidad absoluta para llevar a este país por el camino que marca su ideología. Más que la suya, la de su partido.

El contable, por muy mezquino que nos parezca, dista mucho de ser un Franco moderno y demócrata. Es mucho más sutil que eso. Lo expresa todo con parsimonia, sin ningún aire autoritario. Tiene cara de bonachón, de maestro de colegio. Pero guarda un arma tan ruin como la cabeza nuclear más dañina: 10.830.693 votos. Los tiene en su bolsillo y probablemente los cuente cada mañana tomando el café.

“¿Qué pasaría si no hubiéramos hecho reformas?”, expone Rajoy durante su primer aniversario en la cúspide de la tiranía. Como si con él no fuera el asunto. Como si los culpables fueran otros: los poderes económicos a los que nunca plantará cara, la omnipresente Unión Europea a cuyos pies se rinde, el nativo de la isla de Tuvalu. Quien sea menos él y su Gobierno.

Ha incumplido cada punto de su programa electoral, lo sabemos. El panorama es tan desolador que hasta La Razón, diario talibán de la derecha, resalta en su repaso a la era Rajoy que “el balance puede resumirse en dos conceptos: trabajo y austeridad. Pero sobre todo, esperanza en el futuro”. Futuro, porque el presente lo ha mutilado.

¿Y ante ello?. Nos levantamos tímidamente en dos Huelgas Generales. Bien. Rodeamos el Congreso. Bien. En Cataluña, millón y medio de personas pidieron la independencia en la calle. Bien también.

Pero los once millones de votos de hace un año están muy por encima de todo eso (en Cataluña fueron 700.000). Superan en fuerza a una sanidad pública, a la solidaridad con los inmigrantes, al artículo 47 de la Constitución. Lo pueden todo.

En esta situación, la revolución pasa por no levantarse de la cama un domingo del 2014 e ir a votar. Pasa por no ver ningún telediario, o verlos todos para conocer la gran mentira de nuestro sistema. Pasa por guardar interiormente esta ira que nos carcome y explotar cuando se inicien los mítines.

La revolución de la calle sólo ha de ser una transición hasta ese día en el que cojamos nuestro voto, lo arruguemos sin piedad y lo lancemos por el retrete. No habrá mejor forma de incendiar un Parlamento y acabar con los once millones de avales que sustentan la felicidad de Mariano Rajoy.

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Acerca de Angel Espínola

Periodista y Community Manager. 25 años. Con un Master de Escritura Creativa. Interesado en #Cultura, #Carnaval, #Política, #Deportes, #Literatura, #Salud, #Comunicación, #Marketing. Vivo online. @angelyespinola
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