Estrés


Llego tarde. ¡Mierda!. Bajo las escaleras a toda leche. Arranco el coche y doy marcha atrás sin mirar el retrovisor. Mientras cierro la puerta del garaje, pasa un negro por delante de mi Hyundai, da unos golpecitos en el capó y me mira desafiante. Abro la puerta del coche, pero no entro. Cojo mi faca del salpicadero, una navaja de Albacete que me regaló mi hermana. Pillo al negro ya de espaldas, pego un brinco y le hundo la faca en toda la nuca. Cae fulminado.

Vuelvo al coche. Acelero haciendo chirriar las ruedas y me abro.

Llego a un cruce. Diez minutos para la hora, ¡joder!. Un imbécil me corta el paso y encima toca el claxon como un poseso. Paro el Hyundai, busco en la guantera y saco el extintor de seguridad. Salgo del auto, tomo impulso y lanzo el extintor por la luna lateral del coche del imbécil. Había una niña pequeña en el asiento. Su cráneo queda totalmente reventado.

Todos gritan, pero subo al coche al instante y vuelvo a salir pitando.

Sólo cinco minutos para la hora. No llego. ¡Sólo cinco putos minutos!. Freno en seco ante un paso de cebra. Un viejo quiere pasar. Es muy lento. No lo soporto. Cierro los ojos y acelero. Le golpeo con la parte izquierda del morro. Me rompe un faro del Hyundai, pero al menos no deja manchas de sangre en la carrocería.

Le piso un poco más. 160 por hora. Miro por el retrovisor. ¡No me lo puedo creer!. Me sigue la policía, vienen a toda hostia. Acelero más y al siguiente cruce pego un volantazo a la derecha. Se caen los tapacubos y el cinturón se tensa en mi pecho como si me fuera a partir en dos. La patrulla pasa de largo. Creo que no era a mi a quien perseguían.

Me olvido del asunto. Acelero.

Quedan dos minutos, pero estoy muy cerca. Sólo queda encontrar aparcamiento. Sí, un gorrilla me hace señas. ¡Qué suerte coño!. Aparco, pero el gorrilla se pone pesado. Sólo tengo cincuenta céntimos, le digo. Quiere un euro. Queda un minuto. No me da tiempo: saco la navaja y con la empuñadura golpeo al gorrilla en la frente con todas mis fuerzas. Cae de espaldas inconsciente.

Entro por fin al edificio. Una señora ha visto mi agresión al gorrilla y me grita. Le cierro la puerta en las narices. Voy al vestuario. Me pongo el kimono lo más rápido que puedo y me dirijo hacia el aula.

-Hola Santiago-, me dice el profesor, -Pensábamos que ya no venías, estamos apunto de comenzar. Ponte en tu sitio.

Nada me relaja más que una clase de yoga por las tardes.

Anuncios

Acerca de Angel Espínola

Periodista y Community Manager. 25 años. Con un Master de Escritura Creativa. Interesado en #Cultura, #Carnaval, #Política, #Deportes, #Literatura, #Salud, #Comunicación, #Marketing. Vivo online. @angelyespinola
Esta entrada fue publicada en Mis relatos y etiquetada , , , , , . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s