La emigrante con botas (y III)


Puede leer la segunda parte aquí, y la primera aquí.

Sólo dos semanas después de haber lanzado ciento cincuenta currículums al cielo de Sevilla desde la última planta de la Torre Caixabank, Laura Montalbán aterriza en Lesotho a bordo de un avión Ryanair, la compañía más lujosa de todo el territorio sudrafricano.

En Maseru, Laura podrá comprobar cómo las crudas imágenes de aquellas películas que había visto en los últimos días sobre África, así como los impactantes relatos de Ébano de Kapuscinski que había leído, no sólo eran totalmente ciertos, sino que incluso se mostraban tan cruentos como los había imaginado durante el viaje.

Laura superó sin problemas el escollo de Nada Grkinic y adquirió la tarjeta nacional de identidad de Lesotho con una cantidad de lotis irrisoria. Pero más que jugar al fútbol (la selección femenina apenas lo hacía cuatro veces al año), Laura se encargó en Lesotho de cuidar adecuadamente a Habib Forcolo durante el postoperatorio tras su cáncer de mama.

A eso, y a alimentar a los desnutridos jóvenes de la escuela anexa al estadio de albero en el que solían entrenar las futbolistas. El país estaba gobernado desde hacía veinte años por el Lesotho Congress from Democracy, pero la situación política y económica apenas se diferenciaba de los tiempos dictatoriales de El Chief Leabua Jonatahn, derrocado en 1986.

Laura también dedicó gran parte de su tiempo libre a comer mazorcas de maíz, o a organizar charlas callejeras para instigar a los borrachos, amenazándoles con la falacia de que el alcohol provocaba sida (principal enfermedad en la zona). Su vehículo habitual para desplazarse por Maseru era un poni blanquecino, desde el cual lanzaba mantas con dibujos de hoja de col a los tenderos más pobres. No podía apearse del animal para acercarse y darlas en mano: Era futbolista, y siempre llevaba dos escoltas estatales armados con ametralladoras.

Nos acercamos al final de este relato, que discurrirá tan fugaz como un sueldo en manos de un banquero: Llegó el primer verano de Laura en Lesotho, y la selección de fútbol femenina, con Nada Grkinic al frente, fue invitada a disputar un encuentro amistoso en Europa, en el marco de una hipócrita cumbre de solidaridad con el pueblo africano.

En ese partido, la delantera Laura Montalbán, la única del equipo con botas profesionales (no era la única emigrante, pues también había una sudafricana de origen holandés), anotó siete de los nueve tantos que su equipo endosó a la selección de San Marino, que dejó su casillero a cero. El rival era de poca entidad porque los organizadores del partido creían que las lesotenses, lideradas por una futbolista de equipo de barrio, apenas sabrían lo que era un fuera de juego.

Laura Montalbán jamás volvería a vivir a Lesotho. En la conferencia de prensa posterior al partido, y aprovechando el calado mediático que había tenido el evento, denunció la situación de miseria del país para el que jugaba al fútbol. Su honrado testimonio fue suficiente para que una ONG de las que no se anuncian en la tele le ofreciera un puesto de trabajo en su departamento de análisis político y económico.

Para entonces, y este dato debí de haberlo añadido antes, Habib Farcolo había perecido a causa de una metástasis originada por la reproducción de su tumor.

Laura Montalbán no volvió a Lesotho, ni ejerció más como enfermera. Se pasó el resto de su vida trabajando en un despacho donde analizaba y denunciaba la situación de determinados países africanos olvidados por Occidente. Curiosamente, desde su despacho, situado en la planta número 53 de la nueva torre, ahora la más alta de Sevilla, podía contemplar el mirador desde el que lanzó sus ciento cincuenta currículums esperando la llegada de una forma de vida decente.

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Acerca de Angel Espínola

Periodista y Community Manager. 25 años. Con un Master de Escritura Creativa. Interesado en #Cultura, #Carnaval, #Política, #Deportes, #Literatura, #Salud, #Comunicación, #Marketing. Vivo online. @angelyespinola
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