La mujer del Toyota


Llega al fin a casa. Cuelga con brío su chaqueta en el perchero y se lanza desbocado hacia el sofá. Ha venido desde el trabajo a más de 140 kilómetros por hora. Hoy se decide el campeonato mundial de Fórmula Uno, y no quiere perdérselo porque un español puede alzarse con el título. Tiene un Toyota, quizás el vehículo más seguro del mundo. Y cree que es un atraso mantener un límite de velocidad tan reducido considerando las autovías tan preparadas que tiene el país en pleno siglo XXI.

Ya en el sofá, espera ansioso junto a su Red Bull sin azúcar y sus galletas bajas en grasas a que comience el espectáculo. Quiere evadir, aunque sea por unos minutos, los problemas de su vida diaria. En cambio, no deja de rondarle el pensamiento que hoy salen las notas de la selectividad y la niña necesita un ocho para entrar en Farmacia. De no lograrlo, su pasividad juvenil aumentará a una velocidad de vértigo. También le preocupa Sebastián (se llama así por el piloto Sebastian Vettel), que ayer le mordió a un niño en la guardería y teme que el pequeño salga tan rebelde como su hermana.

Por no hablar del e-mail que ha recibido justo cuando apagaba el ordenador del trabajo: la empresa le baja el sueldo a sus empleados un treinta por ciento a partir de febrero. Adiós a las vacaciones en La Manga el año que viene. No quiere ni imaginar cuando su mujer regrese del trabajo y reciba la noticia. Ella, que ayer noche lloraba tumbada en la cama por lo infeliz que se siente y el poco tiempo que pasa con su familia. Y por si fuera poco, al coger el Red Bull se ha percatado de que la bombilla del frigorífico ha dejado de funcionar.

Sube el volumen del televisor.

Última parada publicitaria antes de la salida. Qué nervios, el tiempo amenaza lluvia y la carrera puede acabar convirtiéndose en una lotería. Suena el teléfono. Vaya por Dios, la llamadita inoportuna del día. No lo coge, el semáforo ya está en rojo. Los bólidos salen disparados y el líder del mundial se estampa contra la valla de la primera curva. Ya está hecho para el español.

Vuelven a llamar. Lo coge.

Durante la vuelta tres del Gran Premio de Mónaco llega a sus oídos que la varilla de un limpiaparabrisas ha atravesado el lóbulo frontal del cerebro de su esposa. A falta de los datos de la autopsia, no parece que fuera bebida. Tampoco iba a gran velocidad, pues el suceso se ha producido en una avenida limitada a sesenta kilómetros por hora, en un momento del día con abundante tráfico. El velocímetro se ha quedado fijo en el número setenta y cinco. Tampoco ha sido un despiste a causa de hurgar en la radio o el móvil. Simplemente ha echado un vistazo al espejo retrovisor justo cuando el neumático delantero derecho del vehículo que venía de frente ha pisado el cristal roto de una botella y se ha pinchado.

Apaga el televisor.

La colisión ha sido frontal. Sólo ha fallecido ella. También conducía un Toyota. La carrera la ganó el español. El mundial fue para Vettel.

NOTA: En el año 2010, 2.478 personas murieron en accidentes de tráfico. Más que la suma de los fallecidos por homicidio/agresiones, SIDA y cáncer de piel. El pasado mes de junio, el Gobierno de España se planteó aumentar el límite de velocidad en las autopistas.

Hace unos días, un barco regresó al puerto de Mónaco tras dar la vuelta al mundo a una velocidad de 25 kilómetros por hora.

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Acerca de Angel Espínola

Periodista y Community Manager. 25 años. Con un Master de Escritura Creativa. Interesado en #Cultura, #Carnaval, #Política, #Deportes, #Literatura, #Salud, #Comunicación, #Marketing. Vivo online. @angelyespinola
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