Buenas nuevas


Llama al telefonillo.

 -¿Quién es?

 – Abre, soy el cartero.

 -Entrando a la derecha tiene el buzón.

 Y así, cincuenta y siete veces todas las mañanas. Arturo lleva vistiendo de azul marino y amarillo gualda veintisiete años. Desde que cumplió los dieciséis no ha hecho otra cosa en su vida. El día en que echó su currículum por el umbral de una puerta, desconocía por completo que aquel papel blanquecino, con apenas datos dada su inexperiencia, sería la primera de las millones de cartas que enviaría a lo largo de su existencia.

Empujando  su carrito de Correos, Arturo se confunde por las calles del barrio que tiene asignado con las señoras que se levantan temprano para hacer la compra. El carrito de dos ruedas neumáticas es idéntico al de las amas de casa, sólo que en lugar de tomates, puerros y yogures, porta epístolas con mensajes por descubrir.

Adiós Juana, hoy tengo para usted. A la paz de Dios José, creo que le traigo noticias de Mapfre. Arturo recorre unos siete kilómetros diarios por la humilde barriada como si las calles fueran suyas. Sin su correspondencia, aquellas personas no podrían vivir tranquilas, estarían incomunicadas con el exterior.

A Arturito, como le llaman las más viejas del barrio, le fascinan las cartas enigmáticas. Esas que no llevan remite, que tienen el sobre de colores. Con sólo sentir su textura presiente que trae recuerdos de alguien lejano, tal vez un familiar o quizás un amor de antaño. En cambio, odia las blancas, sobre todo las que tienen un recuadro plastificado en el que se indican los datos del destinatario. En ellas sólo aparecen cifras a pagar, discursos de propaganda política y malas noticias por lo general.

Hace unos diez años, Arturo perdió gran parte de su motivación como cartero. Cuando los más acomodados del barrio comenzaron a utilizar Internet, se percató de que las noticias buenas ya no llegaban por carta, ahora la mensajería era instantánea, eléctrica, satelital. Vio peligrar su puesto de trabajo. Pero pronto comprobó que su profesión no tendría fin, porque las malas noticias, las que los cobardes no se atreven a comunicar ni si quiera en la ya amplia distancia de un e-mail, siempre llegaban escritas y compulsadas en un sobre blanco con recuadro plastificado. Cómo odiaba esos sobres.

Llamar al porterillo de un bloque de pisos, insertar el sobre bajo la puerta o dejar caer la carta en el buzón en forma de casa de pájaro, dejó de ser entonces una rutina tan grata para Arturo como antes. Algunos vecinos le miraban mal. Era el portador de la desgracia, la bacteria del correo de papel que traía malas nuevas.

No obstante, esas personas eran una minoría, pues la formalidad de Arturo, hombre siempre recto y comprometido con su hazaña, contrarrestaba su nueva tendencia a anunciar lo que nadie quiere leer.

Y es que Arturo conoce la vida íntima de muchos vecinos sólo con observar el remite de las misivas que le llegan. Controla el tamaño, número y persistencia de la correspondencia de cada personaje del barrio. Por las noches, poco antes de comenzar su jornada laboral, a eso de las seis de la mañana, le gusta imaginar los versos que aquella poetisa del 18 de la Calle Zafra le habría escrito a su amada en aquel sobre grana de bordes redondeados. O se preocupa por las tropelías del problemático hijo de la Rosario, al que ayer le llevó una carta certificada, probablemente una citación en los juzgados.

Arturo apenas gana para mantener a su familia, formada por su inseparable esposa en paro y su dos hijas de ocho y quince años. Pero es feliz con su trabajo. El banco le concedió una hipoteca nada más casarse y pudo adquirir un piso decente, en los alrededores del barrio al que cada mañana acude para cambiar la vida de las personas, ya sea para bien o para mal. Arturo es feliz y no cree en el fin de la mensajería impresa. Piensa que morirá siendo cartero, quizás entregando un recado a una de sus hijas en su lecho de muerte, para que se lo dé a la vecina, porque es del banco y ya se sabe que los bancos nunca traen nada bueno.

Arturo es feliz, no aspira a más, cree en su humilde trabajo y se desvive por él. Es cartero, “soy como la fibra óptica que conecta las almas del mundo” tiene descrito en su perfil de Twitter.

Pero Arturo vive en España, y en 2012 todas las historias de españoles tienen un final infeliz. La de Arturo, el humilde cartero, tampoco puede salvarse. El miércoles pasado llamaron al telefonillo de casa de su vecina Paqui: era el cartero de su zona, que venía a dejar la correspondencia en los buzones del bloque. Cuando llegó de trabajar, tras haber repartido exactamente cincuenta y nueve cartas -las contaba, porque se divertía mucho comparando el flujo de cada jornada-, Arturo miró el buzón.

No sabía el cartero que recibiría la peor carta de su vida, la que estaba seguro de que nunca llegaría. Una carta de despido. La empresa se veía obligada a desprenderse de su jornal tras presentar un ERE. El servicio público de Correos y Telégrafos iría mermando su actividad en pro de fomentar la mensajería vía Internet para reducir costes. Así lo indicaba el Gobierno en un comunicado, donde también anunciaba la futura privatización de la empresa.

En el momento en que leyó su carta de despido, mientras tomaba el almuerzo, Arturo se convirtió en el español número 5.789.212 en perder la ilusión por su trabajo, su futuro y su forma de vida.

En esta fotografía vemos a Arturo camino de entregar la carta número cincuenta y cuatro de un lunes de septiembre.

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Acerca de Angel Espínola

Periodista y Community Manager. 25 años. Con un Master de Escritura Creativa. Interesado en #Cultura, #Carnaval, #Política, #Deportes, #Literatura, #Salud, #Comunicación, #Marketing. Vivo online. @angelyespinola
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